Menos banderas, más hombros para no llorar, sino para juntarnos.


En días (que vaya días por cierto) que se enarbolan banderas de España por unos cuantos que se aprovechan y lucen mal lo que sea que sea nuestra idiosincrasia, yo me acuerdo de tantas familias que se quedan con la soga al cuello y que rechazan esa bandera por aquellos a los que me refiero, aun sintiéndola suya, por constitucional y por representar un paso histórico adelante de nuestra sociedad. "Yo soy de los andaluces que al traje de luces, el caballo y la copla le tienen puesta la cruz porque es el símbolo andaluz de la derrota".

Menos Cayetanos con privilegios y más currelas a pié del cañón, de los que no tienen nada que ensalzar, porque ya lo hacen día a día, sobreviviendo y aguantando sobre sus espaldas este país de entendidos a boca abierta (y de herederos de las prebendas de un negro pasado, el nuestro).

En mi confusa y sofocante adolescencia, presté atención a eso de la necesidad de generar apego a lo mío, a lo que simbólicamente podría compartir con los que como yo existían, los que eran de algo que yo era. Y solo encontraba ahí el hecho de ser andaluz, sin abrir discusión sobre un ethos que eleve lo que somos, lo que creemos ser, hasta una identidad común que, más allá de que en esos días de veinteañero creyera que existía, me calmaba esa misma necesidad, la de pertenecer a algo, la de verme en alguien, la de creerme parte de algo que en sí mismo me definía y me etiquetaba como trascendente. Quería ser Andaluh, un Caparrós que sobrevivía a los ataques supuestos que para él fueron reales, pues lo mataron (maldita sea joé). ¿Arriba España? Abajo Andalucía (lo está geográficamente, aun más geopolíticamente).


Lo que me ha quedado de esa turba de sensaciones encontradas y plenamente difusas, es que soy eso mismo, andaluz, alegre y feliz supuesto vasallo de mil millones de intereses que nos han sometido (prueba de mi pueblo emigrante de antaño, de lo que hizo que todos tengamos primos charnegos o Spaniards o abuelos que trabajaron en fábricas alemanas).

Todos esos que digo, son mi bandera, no roja y gualda por obra y gracia de dios, sino por una sangre que han perdido por doblar el lomo y por un oro que les prometieron, pero que nunca han visto, jamás. Qué echo de menos a Juan Carlos Aragón, por su sutil habilidad de abrirnos los ojos, de hacernos pensarnos (sí es doble pronominal en primera persona del plural, aunque les duela a los castellanos). Qué arte ese profesor, ese coplero, que hablaba de levantarse, de su pasodoble de Los Mafiosos "de Ver", donde decía que Andalucía se ponga primera. Pero no en sacar banderas, no en aplaudir a señoritos (amén otro de sus pasodobles de las tablas de Jehová de los andaluces, el de lo canto en gaditano).

Ya voy pecando de prófugo de la razón y divago entre pensamientos inconexos a priori, pero que los unen esa anhelada rabia adolescente. ¡Qué te quiero y te extraño joven e inmaduro yo de hace 15 años!
Y de ese joven, también echo de menos el amor por la pluma andaluza, la del Migue Benítez, ese que vino a mi pueblo, preso de la droga y vigilado por sus padres, que halló la verdad de la vida, de la flama y el carril, de nuestra gran simpleza de pueblo de campo, de amgios de un día y de mundos imaginados que nunca son mejores que nuestra tierra, jamás.

Os quiero a todos mis yo del pasado, os anhelo y os respeto. Perdonad que sea tan poco irascible ante la desigualdad a día de hoy y me someta a ser un lacayo del pensamiento único.

Dixit. Y muy sentido.



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